Cuaderno de Trieste

Blog personal de Gabriel Rodríguez

martes, enero 05, 2010

Lhasa y yo


Es cosa sabida por cualquier nostálgico que a veces uno se siente cercano a personas a las que no verá jamás, con las que nunca ha hablado y cuyos rostros ni siquiera es capaz de precisar. Son las voces que llegan a través de las canciones, de los libros, de las películas. Son ficciones, pero al mismo tiempo hablan de nosotros como si sus autores hubieran tomado pedazos de nuestras vidas cuando se pusieron manos a la obra. Imagino que será porque todas las vidas posibles se parecen más de lo que uno cree.

Lhasa de Sela se me apareció (no se me ocurre mejor modo de decirlo) hace siete años en un bar de La Latina, en Madrid, un bar que ya no sería capaz de encontrar. Yo tomaba cañas con dos amigas y estaba en una de esas épocas en las que uno es más sensible de lo normal, como si estuviera siempre con la piel más atenta que el ojo o el oído. Si añadimos a la soledad un poco de la sordidez que siempre encuentra uno en una gran ciudad, algunos desengaños y que llevaba a mis espaldas una buena terapia de Tom Waits, Leonard Cohen y Billie Holiday, supongo que no es extraño que me enamorara de Lhasa a la primera.

La camarera me tuvo que repetir tres veces el nombre de aquella voz que se desgarraba desde algún lugar al otro lado de los altavoces. Lo apunté en una servilleta y lo guardé en el fondo del bolsillo. Convencí a mis amigas para tomar otra caña en el mismo bar con tal de seguir escuchando aquella música a la que era incapaz de poner etiqueta alguna.

Como sucede con las amistades casuales, Lhasa se quedó en mi vida, si bien mis amigas de aquella noche de cervezas desaparecieron de ella. Escribí unas cuantas horas bajo el dictado de su melodía tan atormentada como hermosa. Dicen que Josele Santiago canta con el estómago; la verdad, no sabría definir con qué cantaba Lhasa. Le robé, incluso, el título de una canción para un relato: De cara a la pared.

Como a menudo ocurre con las personas interesantes, no era sencillo seguirle la pista a Lhasa. Su propia biografía era una mezcla de raíces difícil de desenmarañar. Lhasa se disfrazaba a ratos de Chavela en Québec, de Edith Piaf en México o de Wim Mertens en el desierto o de Ry Cooder en Marsella. Saltaba del castellano al inglés o francés del mismo modo natural con el que su voz quebradiza se acomodaba a cualquier cosa que cantara, a cualquier violín, trompeta o guitarra.

Aquella noche llegué a casa dando tumbos y escuchando de nuevo a Tom Waits. Pero llevaba el nombre de Lhasa en una servilleta y estaba, aunque aún no podía saberlo, un poco menos solo.

Dicen que en Montreal nevó durante cuarenta horas después de que Lhasa se fuera.










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viernes, junio 01, 2007

Amuletos

Confieso que cuando empecé a escribir en este anárquico cuaderno, hace ya algo más de un año, pensé que con el tiempo tendría otro aspecto del que ahora tiene. Siempre lo imaginé cimentado sobre las efigies que me rodean permanentemente, unas veces casi con exclusividad, y otras desde la penumbra, como corredores de relevos preparados para recoger el testigo en cualquier momento.

Seguro podéis imaginar de quiénes hablo. No es difícil. Son Cortázar, Stevenson, Sábato, Auster, Borges, Coetzee, Tobias Wolff, Leonard Cohen, Silvio Rodríguez, Serge Gainsbourg, Caetano Veloso, Woody Allen, Truffaut, Billy Wilder o Kubrick, entre otros.

Algunos, cuyos nombres he olvidado o prefiero hacerlo, han ido perdiendo su importancia; otros han ocupado poco a poco (libro a libro, canción o canción, película a película) sus lugares, como Onetti, Melville, Mishima, Scott Fitgerald o Jacques Brel. Hay varios que empiezo a descubrir y que supongo que no tardarán en ganarse un hueco, como Dino Buzzati, Imre Kertesz o Don DeLillo.

No todos se han unido al club por los mismos motivos. De Jaime Gil de Biedma siempre me emocionaron dos poemas: “No volveré a ser joven” y “Contra Jaime Gil de Biedma”, que casi resumen por sí mismos la existencia; de Marlon Brando me fascinó el coraje con el que uno de los más grandes de la historia del cine se jugó el tipo (y lo salvó) actuando en ”El último tango en París”, dejándose llevar por el saxo incandescente de Gato Barbieri. A Flaubert le envidio, aparte de su descomunal talento, la pasión que sentía por la literatura, que era por sí sola, capaz de colmar su vida entera. La voz de Billie Holiday es irrepetible porque, como el bourbon, se mueve siempre en el filo entre la dulzura y la aspereza.

Sería pretencioso decir que uno aprende algo de ellos. Pero siempre consuela tenerlos a mano mientras va pasando el tiempo y de otros mitos de antaño (ideales tópicos, amistades imposibles) no quedan más que las ruinas. Ellos en cambio siempre están alrededor, no como dioses o ídolos, sino más bien como amuletos de los que se puede echar mano en cualquier momento.

Y quizá por lo mucho que a veces cuesta hablar de lo cercano, la mayoría ni siquiera había aparecido por aquí (creo que sólo Stevenson y Wilder han tenido artículo propio), aunque, de modo más o menos consciente, gravitan sobre todo cuanto escribo o pienso.

Así que, aunque hay deudas tan elevadas que es ridículo siquiera pretender saldarlas, queda tomada esta foto de familia en la que se apiñan los vivos y los muertos.


(En la foto, un amenazante Juan Carlos Onetti. Un día se metió en la cama de su piso de Madrid y ya no volvió a salir en varios años. Con un un montón de libros y orinales se puede sobrevivir bastante tiempo, ¿no?.
Os dejo los links a los dos poemas de Gil de Biedma. ¿Sabéis quién es su sobrina? Mejor que no lo sepáis. El tercer link es de Jacques Brel; si alguien conoce a un buen espiritista, que contacte con él y le dé mi mail, por favor.)

http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#CONTRA%20JAIME%20GIL%20DE%20BIEDMA

http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#NO%20VOLVERÉ%20A%20SER%20JOVEN

http://www.youtube.com/watch?v=POGegLVKjdQ

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