Cuaderno de Trieste

Blog personal de Gabriel Rodríguez

martes, noviembre 28, 2006

El placer de la lucidez


Un hombre viaja al otro extremo del planeta para evitar las consecuencias de su propia infidelidad. La coartada que lo empuja es un vago proyecto académico sobre las causas de la pobreza en el tercer mundo. Aún hay un tercer motivo para el viaje. El hombre se confiesa inquieto por su tránsito de la segunda a la tercera edad, pues está a punto de cumplir sesenta años. Falta por decir que el hombre es Antonio Escohotado, filósofo en el sentido etimológico del término, pensador autónomo y profesor vocacional, siempre dispuesto a enseñar al que quiera leerle/escucharle y que el libro se titula Sesenta semanas en el trópico (publicado por Anagrama, editorial que merece artículo propio en este cuaderno.)

Ya advierte la solapa que esta es la primera y tal vez única incursión de su autor en el terreno narrativo. De confirmarse sería una verdadera lástima, pues Escohotado tiene el don de la narrativa intuitiva; a ella se suma la curiosidad por el conocimiento que le mueve y mediante la cual estimula al lector. Y es que Escohotado lo mismo departe sobre Hume, que bucea en la botánica tropical o asesora sobre la práctica de la natación en el mar.

Otra cosa es que uno tenga que coincidir necesariamente con todas sus opiniones; en cuanto uno se descuida el filósofo madrileño escora hacia un librecambismo despiadado confiando en que el mercado se autorregule, como si las leyes de la economía fueran tan inviolables como las de la termodinámica. Así que el placer se multiplica al tener que leer siempre alerta para discrepar cuando convenga; desde luego se aprende más discrepando de los inteligentes que coincidiendo con los necios.

En cualquier caso, lo que hace único a Escohotado es que su pensamiento se basa en la inducción, es decir, sus posiciones se erigen partiendo de los hechos y remontando el sendero de la lógica, sin caer en la estafa moral que supone utilizar la erudición para justificar lo que uno ya pensaba previamente. Quien quiera comprobarlo no tiene más que acompañarle rumbo a Bangkok. El arrebato inicial de sinceridad hace que el lector sólo quiera sentarse a su lado y, sin prisa alguna, mecido por la voz honesta y sosegada por el tabaco, escuchar.

(En la foto, el filósofo madrileño Antonio Escohotado. En los comentarios dejo las primeras líneas del libro; tal vez así alguien se deje enganchar por la lectura. Para ampliar información se puede acudir a su extraordinaria página web: http://www.escohotado.org/)

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lunes, noviembre 13, 2006

Escrito sobre turba (Postal desde Irlanda)


Al noroeste de Irlanda los condados de Donegal y Mayo se precipitan hacia el Atlántico en vertiginosos acantilados. El agua salada, como un presidiario paciente que contara los días de su reclusión, va esculpiendo el paso del tiempo sobre la roca; y esa roca permanentemente húmeda se abraza a la tierra carnosa de hierba y turba, tal vez en un vano intento de escapar del azote del agua.

Puede que debido a esos combates geológicos en Irlanda no sea tan sencillo precisar dónde comienza el océano. El viajero lleva siempre pegada una humedad densa que le recuerda que, vaya hacia donde vaya, no tardará en toparse con alguna de las sinuosas costas que circundan el mar. Una vez que uno se acostumbra, lejos de molestar, la humedad embriaga y remite a esos tiempos primordiales en los que se libran los lentos combates geológicos. Y en ellos sólo se percibe calma y suavidad, como bien saben las apacibles ovejas que no se sorprenden de nuestro paso.

Las noches también transcurren sin sobresaltos. La música en vivo de banjos, flautas y violines y la textura de la Guinness local, que parece perder densidad en cuanto toca el paladar, son un excelente lenitivo contra cualquier forma destructiva de melancolía. Sólo la desagradable hora del cierre logra enturbiar el ánimo, si bien la tristeza de verse empujado hacia la cama dura poco ante la seguridad de que mañana será un día muy parecido.

Aquí, tal vez más cerca de Trieste de lo que indican los mapas, los días van pasando sin prisa. Como no tengo lecturas a mano, me pregunto si la escritura no serán los surcos que los riachuelos ferruginosos trazan suavemente sobre las laderas ocres.


(Tal y como indican las guías, en Irlanda hay infinidad de lugares en los que uno cree haber llegado al fin del mundo. Sin duda, todos lo son. Éste es sólo uno de ellos)

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