Cuaderno de Trieste

Blog personal de Gabriel Rodríguez

miércoles, agosto 30, 2006

La doble carga de los perdedores


Durante las últimas semanas se ha desencadenado una oleada de histeria colectiva a raíz de que Günter Grass confesara su pertenencia a las Waffen-SS. Requiere un cierto esfuerzo abrirse paso entre tanta idiotez leída y construir una opinión propia. La que yo tengo sobre el autor alemán, vaya ya por delante, no ha variado ni un centímetro.
Para empezar, no entiendo el origen del revuelo. Grass nunca ha negado que pertenencia al partido nazi en su juventud. Teniendo en cuenta que al final de la guerra fueron movilizados hasta los niños, nada hay de extraño en que él también participara en la defensa de su país (a cuya población civil los aliados no tuvieron empacho alguno en masacrar, tal y como ocurrió en Dresde). Grass ha declarado que no llegó a disparar un solo tiro antes de ser apresado por los estadounidenses; auque de no haberlo hecho, no creo que el asunto cambiara demasiado. Si en 1945 el ejército alemán y las SS alistaban a adolescentes sin miramiento alguno, ¿para qué carajo creen los biempensantes que lo hacían? ¿Para sacar brillo con una bayeta a la cruz gamada del Reichstag? (Es especialmente sangrante que alguien se atreva a hacer la crítica desde España, país que nunca ha hecho purga de conciencia de sus atrocidades).
Uno de los argumentos que me he encontrado, aún no sé si para defender o para denostar aún más a Grass, es el paralelismo con Louis-Ferdinand Céline, que además de un interesante novelista, era un nazi y antisemita convencido. Francamente, no sé quién puede tomar en serio la comparación. Si alguien se molesta en observar la cronología comprobará que Céline nació en 1894, con lo que la segunda guerra mundial le pilló bastante crecidito (de hecho, ya era un escritor de éxito en Francia). Günter Grass nació en 1927. Es decir, tenía cinco años cuando Hitler llegó al poder, doce cuando Alemania invadió Polonia y diecisiete cuando el Ejército Rojo entró en Berlín. La propaganda nazi formó parte de su educación cotidiana. Si algún lector considera que en la adolescencia de cada uno no se manifiesta con vehemencia el idiota que todos llevamos dentro, le ruego que nos explique su experiencia.
Otro de los lugares comunes de estas semanas ha sido que Grass ha revelado su secreto en un momento estratégico: justo cuando iba a publicar su libro de memorias Pelando la cebolla. Es evidente que el momento no ha sido el más oportuno, y que la confesión es algo tardía, pero dudo que al nobel alemán le haga falta promoción alguna cuando es uno de los autores más populares de Europa y escribe en la principal lengua materna de la Unión Europea. No creo que el momento elegido por Grass pueda deberse a una maniobra calculada.
Lo ha quedado claro es que seguimos observando el mundo bajo la repugnante mitología de los vencedores y los vencidos o de la bondad contra la maldad: Si Günter Grass hubiera combatido con los llamados aliados ninguna polvareda entorpecería la visibilidad de su enorme figura; por más tropelías que hubiese perpetrado bajo el uniforme de los vencedores.

(La imagen de Günter Grass es paradigma del escritor intelectual, por más que haya revelado que desde hace años no enciende su pipa, sólo la mordisquea. En otra ocasión, con las aguas más calmadas, trataremos la inmensa dimensión literaria del autor alemán.)

Etiquetas: , , ,

miércoles, agosto 16, 2006

Historia de dos mujeres











La alegría del lector compulsivo que encuentra una maravilla literaria donde no lo esperaba debe de ser similar, imagino, a la del barbudo buscador de oro embutido en unos sucios calzoncillos largos que, de repente, ve cómo refulge una inconfundible pepita de oro entre la escoria de su criba. No lo sé porque haya sido buscador de oro en calzoncillos, sino porque acabo de leer Suite francesa, de Irène Némirovsky. Es una novela bella y honda, literatura viva y palpitante.
La vida de la propia Némirovsky resulta apasionante. Nació en 1903, en Kiev y en 1917 se exilió en Francia junto con su familia. Su madre (que la sobrevivió 47 años y murió en 1989 en su mansión parisina) siempre la odió y a la pequeña Irène no le quedó más remedio que refugiarse en la escritura y la lectura para reinventar su mundo. Eso mismo hizo cuando Alemania invadió Francia y tuvo que soportar cómo los franceses se entregaban con indiferencia, cuando no con fervor, a enviar judíos a los campos de concentración nazis.
Poco después de que Irène fuera asesinada en Birkenau, campo de exterminio anejo a Austchwitz, en 1942 sus hijas Elisabeth y Denise emprendían una improbable fuga a través de Francia. En la maleta viajaba el cuaderno de su madre, un manuscrito de letra pequeña para economizar papel y tinta. Años más tarde, Denise decidió donar el manuscrito al IMEC francés, una institución especializada en ediciones antiguas. Antes de hacerlo se tomó la molestia de mecanografiarlo en un ordenador, para lo cual necesitó la ayuda de una lupa. Supongo que la emoción debió de embriagar a Denise cuando fue comprobando que lo que ella creía el diario íntimo de su madre, era en realidad una novela perfectamente pulida, tan reciente como si acabara de ser horneada. Finalmente, Suite francesa fue publicada en Francia en 2004.
Lo primero que llama la atención del libro es que Irène Némirovsky es una escritora de raza, una narradora con una extraña precisión para someter la técnica y el estilo a la historia; es por ello una novelista en sentido clásico, en el sentido de los grandes novelistas del XIX: Némirovsky crea todo un universo y luego nos proporciona sólo los detalles necesarios, sin alardes ni concesiones.
Pero lo más extraordinario es la asepsia de la voz narradora, un punto de vista que resulta demasiado moderno incluso para hoy en día. A diferencia de la práctica totalidad de la ficción que se ha producido sobre la Segunda Guerra Mundial, ya sean libros o películas, Irène Némirovsky no se detiene en zarandajas moralizantes ni sensibleras; los soldados alemanes son veinteañeros ingenuos, en modo alguno peores que los propios franceses, a los que Némirovsky no regala nada: son, en su mayoría, sujetos mezquinos preocupados por mantener la jerarquía social a cualquier precio.
Suite francesa se mueve en dos escenarios: el París que se vacía en una fuga hacia la nada en la primera parte y la Francia ocupada por los alemanes en la segunda. El plan original de Némirovsky era un libro de cinco partes con cientos de personajes, un inmenso fresco a la manera de Guerra y paz. Quizá intuyó que no dispondría del tiempo necesario para llevar a cabo una obra de tal magnitud. Quizá por eso puso tanto empeño y lucidez en lo que hacía.
Sea como fuere, logró escribir una de las obras más inteligentes sobre la Segunda Guerra Mundial. No merecía apolillarse en una maleta y ahora, por fortuna, llega directamente desde el pasado, fresca, como un insecto prehistórico atrapado en ámbar.

(La foto de la izquierda es de Denise Epstein; a la derecha, su madre, Irène Némirovsky. De las fotos que he encontrado, es la única en que sonríe. Sin duda, la historia merecía ese final.)

Etiquetas: , , ,

Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis
Locations of visitors to this page