Cuaderno de Trieste

Blog personal de Gabriel Rodríguez

jueves, octubre 26, 2006

Metaliteratura y juego


Termino de leer Llámame Brooklyn, la primera novela del profesor de literatura del Sara Lawrence College de Nueva York Eduardo Lago que fue galardonada con el premio Nadal 2006. Como es habitual en los últimos Nadal, se trata de una historia fácilmente legible, con una trama misteriosa y personajes bien delineados.
Quizá la novela tenga alguna irregularidad y tal vez un exceso de personajes, diminutas máculas que en cualquier caso son arrastrados por un torrente narrativo apasionante y desbocado; pero lo fundamental es que se adhiere a la más fascinante de las herencias literarias: la que entremezcla vida y literatura, escritores y personajes. Es la tradición del Quijote y Madame Bovary, personajes que de tanto leer han abolido la frontera que separa la realidad de la literatura y son incapaces de diferenciar entre ambas; o más bien, prefieren comportarse como si vivieran dentro de la primera en lugar de la segunda. En resumen: la locura literaria como estrategia vital.
Los detractores de esta tradición (en España, los legionarios del realismo galdosiano) alegan que se trata de literatura ensimismada que se recrea en su propio ombligo (en sus propias heces, dicen otros legionarios menos elegantes). Es probable que tengan parte de razón cuando critican lo aburridos que resultan algunos de los mesías del estilismo.
Obvian, sin embargo, que la reflexión sobre la literatura, la metaliteratura, es parte inalienable de la literatura; al menos, insisto, desde Cervantes. Se olvidan de que el arte sirve para reflexionar sobre el propio arte: al fin y al cabo, nadie acusa a Velázquez de ensimismamiento por haberse pintado en Las meninas.
Incluso podríamos darle la vuelta al razonamiento. Quizá deberíamos asumir que toda reflexión que provenga del arte está limitada por el arte mismo, así como el principio de incertidumbre de Heisenberg nos advierte de las limitaciones de la materia como medio de estudio sobre la materia.
En fin, quién sabe. Tal vez lo único que valga la pena sea relajarse y disfrutar con la lectura. Y en ese disfrute de la lectura Llámame Brooklyn es una novela que surge de la pasión desmedida por la literatura/vida.
Leedlo.

(Cortázar, maestro del juego metaliterario y amante de los gatos; todo eso, además de la nacionalidad, lo compartía con Borges. Ambos merecen capítulo propio en este cuaderno anárquico. Lo tendrán.)

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